Me pregunto si aun estas aquí. Me pregunto si estas todavía escondido detrás de una pila de heno para sorprenderme y echarme un montón de paja sobre la cabeza.

Me pregunto ansioso si aun recuerdas las veces cuando solíamos poner trampas para las ratas, impedirles que anidaran e infestaran todo el sitio, arruinando la cosecha que habíamos trabajado tan duro por conseguir. Yo no comprendo a los gatos como los comprendías tu. Ya no cazan ratas como las cazaban cuando estabas aquí.

Miro dentro, por la mañana temprano, y aun me entran ganas de volverme a casa y decirte una vez más que es hora de despertar. ¡Como me irritaba lo dormilón que eras!

Aun recuerdo tu cara de orgullo cuando creaste tus primeros surcos con tu arado en los campos. Tu cara contaba un millón de historias. Se te veía tan feliz.

Y también lo estaba yo.

Y los inviernos. Como odiabas el hielo. Pasar los inviernos era más una labor de tu obstinada y cabezota naturaleza que de la fuerza de ese arado tan viejo que insistias en reparar.

“Si se rompen es porque se puede arreglar!” solías decir. ¡Qué joven eras! El herrero te echa de menos. No ha tenido que arreglar un arado tantas veces en su vida y nadie mas tenia la azada tan afilada como tu. Incluso cuando el viejo mago te enseñó ese hechizo menor para mantenerla afilada, insistias “nada como una buena piedra para mantener el acero capaz de cortarle la cabeza a una vaca”. Nunca llegamos a probar eso, aunque si que ayudo cuando las ratas gigantes y la patética banda de goblins intentaron robarnos. No tenía ni idea de lo bien que sabias cuidar de ti mismo.

Y tu mano con ese viejo caballo. Como le convencías para que siguiese tirando cuando con cualquier otro el caballo se habría parado y negado a continuar.

Claro que yo en esos momentos no sabía muchas cosas.

Yo no sabia de tus escapadas cuando decías que ibas a ver amigos. El horror en la cara de tu madre cuando te encontramos con Tommy. ¡Con un enano! Como grite. El miedo que sentimos al qué dirán en el pueblo si la gente se enterara.

Tus lagrimas y tu temperamento frustrado cuando las cosas se torcieron. A veces, muchas veces, me asustaba que de veras pensaras las cosas que decias. Nunca podía estar seguro. Yo si se que no quería decir las cosas que dije, pero si las dije como si las sintiera en ese momento.

Pero tu si querias decir lo que dijiste.

¿Estarías aun aquí si te hubiésemos aceptado? ¿Estarías aun aquí si no te hubiese dicho esas cosas horribles? Puede. La experiencia es siempre tu amiga más sabia pero no está cerca cuando la necesitas.

Ahora ya no estas. O mejor dicho, te has marchado, aunque haya sido por tu propia mano; y aún así siento que en realidad fue la mía.

Intente odiar a Tommy, ¿sabes? Me dije que si el no te hubiese conocido aún estarías entre nosotros. Si no os hubiésemos encontrado a los dos juntos, tu madre aún estaria saliendo y horneando pasteles. Ella no ha salido en casi un año.

Ese es el tiempo que hace que no reparo el granero. Ya casi nunca entro. Me da miedo que no estés si abro las puertas y te busco.

Él se ha ido también. No podía vivir sin ti en el pueblo y se ha hecho un Paladín. Estarías tan orgulloso de él, hijo mío. Probablemente lo estés de todas formas.

¿Sabes? El arado esta roto. Nadie lo puede arreglar. El herrero se niega a repararlo mas “Nadie puede usarlo como lo usaba tu hijo. ¿Para qué lo quieres reparar, anciano?” me dice. Creo que el sospecha.

Tu azada está roma. Da igual cuanto la paso por tu piedra de afilar. Da igual cuantos hechizos le echa el viejo mago, no se afila. Supongo que se le ha terminado la vida. Como se terminó la tuya.

Pero no puedo dejarte ir. Por eso no puedo ir al granero a perderte.